"Para Elizabeth Morales Hernández"
En la mitad de la rústica campiña,
en la ignota hora de la fría y humeda penumbra,
con la luz de argenteo espejo sale la luna,
al brillo de sus plomizas manos
que acarician la acuosa superficie del estero,
y con plantas de marfil pulido,
que recorren graciosas, cual saleroso tordillo,
el margen litoral del profundo lago.
¡Señora de cuerpo sibarita!
De luengos cabellos áureos
transmutados en lustroso oro rosado;
cuyas fuentes de piedra azulina,
fanales de cianitrico fulgor,
clavadas llevo en el corazón.
Esos labios de ardiente y sangrienta escarlata
que ocultan el resuello puro de la grana.
Esas alhajas eburneas de palido resplandor.
Esas suaves mejillas de aterciopelado tacto,
duraznos maduros de la festiva primavera.
Esos sedos y firmes pechos
de albina y tersa piel.
El conjunto todo de tu grácil figura,
de Cáritas y Venus verdadera dentera,
y que las Musas cantan con sublime afición.
¡Oh, dama sublime!
Si por tus hechiceros encantos
fueses libre de tus quejas y penas,
si pudieses hallar dulce y limpio remanso
donde poder enjugar tu mortal congoja,
negra ésta cual la cobija que cubre tu paso,
fría y afligida compañera que lleva tristes desencantos
y que te abandona con la mortecina luz al despuntar el alba.
Si pudiese tu esclavo saber tus secretos
y sumergirme en el mar de plata,
tal vez un suave consuelo pudiese dar a tu carga.
~ Hans Speer
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