Bosque mexicano I

Dentro de la fría inmensidad del verde bosque,
donde el pino y el encino destilan su savia
y el fragante perfume de la resina
embalzama la rivera pura del estrecho meandro
de aquel raudal apacible, bien llamado "de la paz",
y donde se abre un pequeño claro sereno,
noble sitio en que la olorosa magnolia campestre,
como blancos rodales de nieve luninosa y decembrina
endulza la vista y la mente de aquél que la viera.

 Aquella afable y melodiosa quietud del río,
cual suave canto de las ninfas y nereidas,
musicaba el ambiente al compás del armonioso caudal
al chocar con las humedas piedras del margen,
habitadas, éstas, por ajolotes y renacuajos de vividos colores.

 Al fondo de aquel cristalino álveo,
como suspendidos en un mundo frígido y acuoso,
moraban las carpas, lobinas y mojarras
al tardo ritmo de la corriente,
junto a éstos, habían cangrejos y demás crustáceos,
además de de moluscos de lento andar,
que paseaban, taciturnos, por el lecho cienoso del torrente.

Dentro de aquél parsimonioso despejado del bosque,
entre las verdes matas, perfumadas, de las flores silvestres,
y la frescura de los tupidos y glaucos pastizales,
residían, en sus amplías madrigueras, los conejos y ratones
que, de cuando en cuando, azoman sus grandes ojos por el matorral,
en cuyos pastos rumian los venados, graciles y juguetones,
dando sus ágiles saltos hora para pastar, hora para beber.

 Limpio y puro remanso de éste bosque mexicano.

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