Cuento I
En la cima de la vieja montaña, rodeada de añejos mirtos y rosales, y al final de la parsimoniosa senda que lleva a la cañada de ensueño, donde el agua clara del estero refleja, por las noches, la dulce luz de plata de la luna, rodeado éste por olmos y olivos, que en la estación de otoño dan un pintoresco aspecto al pequeño bosque, con hojas doradas que caen al suelo y las siemprevivas del olivo, aparte de todo ésto un pequeño vergel con claveles, violetas y geranios y demás hierbas de olor dan a éste lugar un rtono hogareño, sin olvidar la pequeña choza, desvencijada pero firme, que sirve de refugio a la señora Lupita, anciana buena y bondadosa que puedes encontrar siempre en el pensil regando sus geranios.
Siempre que algún extraviado se encuentra con ella queda prendado por su carisma y sencillez y hace ahora, de su casa, paso obligado en su camino, para llevarle algún presente, tomar café o sólo platicar con ella.
La señora Lupita es chaparrita, de cabello encanecido, las raíces comienzan negras como el azabache, aunque se mezcla con algunos hilos de plata, para terminar en una trenza tan blanca como el marfil; su boca, sin dientes, demuestra una sonrisa sincera y sus ojos una paz y armonía que devuelve la calma.
Aunque vive a unos 5 kilómetros siempre se ve visitada por los pequeños del pueblo, que van a jugar con ella, a escuchar sus historias y ayudarle en sus labores. Leche con canela y miel, bollos de leche, recién horneados, con cajeta quemada y manzanas, peras y guayabas en acitrón era la recompensa habitual de esos traviesos después de escardar la hierba mala, juntar la hojarasca o reparar la pequeña cerca de aquel huertito. Al medio día, doña Lupita, reunía a todos los pequeños y, de rodillas, al dar el toque de oración, rezaban juntos el Ángelus y al terminar les contaba historias del Evangelio y vidas de santos, a esos pequeños les encantaba cuando hablaba de San Cristóbal y el niño, o de la mala cabeza de San Juan Vianney, del soldado Ignacio que se volvió cura y del mulatito Martín que hablaba con los ratoncitos del convento.
Dos veces por semana era visitada por su gran amigo, el padre Raymundo, a quien ayudaba en la casa parroquial desde que llegó a la iglesia hasta que las cansadas piernas de doña Lupita no la dejaron más, aunque, eso sí, siempre está en Misa Dominical a las siete de la mañana; con su amigo, el cura, platica de cosas de Dios, del paso del tiempo y de las galletitas de coco con nuez que le encantan al padre. Pero doña Lupita tiene un secreto, uno que solo conoce su amigo, el padre Raymundo, y es cuando los ojos cansados de la señora Lupita se anegan de lágrimas y vierten toda la miel de su corazón. Su esposo, el capitán Ernesto, murió en la guerra, dejándola embarazada de un niño, el pequeño Emilio, viva figura de aquel viril militar. El pequeño fue creciendo y, conociendo el heroísmo de su padre, abrazó la carrera militar, cuando su tierna madre siempre lo quiso de médico o sacerdote.
El tiempo pasó y el niño se convirtió en un apuesto soldado, creciendo en rango y destreza llegó a ser capitán, como su padre, y mientras, su madre, siempre rezando por su bien, y que regrese pronto con ella.
El país entró en guerra, Emilio partió a ella y nunca regresó. Entre sus compañeros unos dicen que murió, otros que vivió y partió a otro país, de estos unos lo pintan de médico y otros de sacerdote. Lo cierto es que la señora Lupita sola quedó, siempre rezando con el Rosario que su difunto esposo le regaló, de piedras negras y cuentas de plata y una cruz dorada.
Todas las noches, frente a su "Lupita", le ruega a la virgencita que le devuelva su niño, que su esposo esté en paz y, entre lágrimas y ruegos, se queda dormidita como un angelito.
Si tú vas a la montaña y sigues por la senda que lleva a la cañada podrás ver a la señora Lupita, regando sus geranios.
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