Cuento III
Fragmento del diario del padre Pedro Cristobal de la Cruz.
8 de junio.
¡Quién lo hubiera imaginado! Doce años han pasado, tantas aventuras y vivencias, muchos años de estudio pero, al fin, son tiempos nuevos, nuevas anécdotas de las qué formar parte.
¿Cómo olvidar aquel terremoto que afectó a la zona más pobre del país y que, junto a mis hermanos, fuimos a dar auxilio material y espiritual?
¿O cuando llegaron las inundaciones y del Seminario se hizo un albergue para los damnificados?
Ver a esas personas sufriendo, que perdieran todo, y lo poco que tenían, nosotros llevándoles esperanza, compartiendo con ellos el pan de cada día y la Palabra del Señor. No queda duda alguna, la Santa Iglesia Católica siempre estará junto al hombre, tanto en los momentos de felicidad como en los de dolor y sobretodo en estos últimos.
No recuerdo nada antes de ser encontrado en la orilla del lago, por los restos de mi ropa dedujeron que era soldado, solo encontraron entre los jirones que sobraron dos fotografías intactas y restos de un papel, me gusta pensar que, tal vez, esas dos personas fueron mis padres, hermanos o abuelos, aunque también me llena de nostalgia el no poder recordar si conviví con ellos, el no saber si viven o ya perecieron, si me estarán esperando o se han ido, si tengo más familia o conmigo se acaba el apellido. Hay un hueco dentro de mí que solo Dios ha podido llenar y es el no saber quien eres ni de dónde vienes, me siento como aquél árbol que, sin raíces que lo nutran, está muerto por dentro.
Regresando al tema, después de recuperar la conciencia y verme rodeado por ésta gente noble y buena, sentía una inmensa alegría y dulzura al oír repicar las campanas para oír Misa o para el toque de oración, poder ver desde las ventanas de la enfermería aquél desfile solemne de sotanas negras, de los seminaristas que se dirijen a capilla o al comedor, adornadas con el roquete blanco y la faja azul, además de que sostenían fervorosamente el breviario o el Rosario, ¿como ser insensible a esa marcha calmada y taciturna, que conmueve a los corazones más fríos, de aquellos hombres que se entregan en cuerpo, alma y mente al servicio de Dios, Creador nuestro, llegando a abandonar familia y hacienda y renunciando a lujos y privilegios por poder servir a tan gran Señor? ¿Que clase de alma humana podría renegar de nuestro Dios y serle indiferente después de ver aquella entrega y renuncia de si mismo de aquellos siervos fieles, que solo buscan poder vivir el Evangelio de Cristo y llevarlo a toda creatura de Dios?
Solo pasaron unos días hasta que pude incorporarme por mi propia cuenta cuando le pedí al Padre rector ser admitido en el Seminario, para ese entonces ya era considerado un igual entre mis hermanos, y los padres superiores me veían con complacencia y cariño, diciendo que yo sería castrense, por haber sido soldado.
Después que el Padre rector expuso mi caso a los demás superiores, entre ellos el mismo señor Obispo, se me aceptó en el Seminario Menor, para prepararme a ingresar al Mayor, no duré mucho tiempo aquí, ya que descubrimos que tenía buenos conocimientos y formación en el estudio (pensaba que los militares eran gente tosca y sin formación hasta que pasó ésto y tuve la oportunidad de conocer al General Buenaventura).
Mi ingreso al Seminario Mayor estuvo lleno de alegría, en parte por que me recuperé en su enfermería, en parte porque fueron mis hermanos de esta casa los que me encontraron, y era una nueva oportunidad de reiniciar mi vida.
De la anterior solo quedaban un uniforme raído, dos fotografías y un carnet desecho, era necesario hacerme un hombre nuevo y que mejor que un nombre nuevo para poder serlo, dejando a un lado ese pasado nublado y lejano decidí ponerme bajo la protección de San Pedro apóstol, aquél que negó a su maestro en un momento y al otro moría por él. Por decisión popular de mis hermanos y superiores me agregaron el nombre de San Cristóbal de Licia, por haber sido soldado y, renunciando al mundo, ambos conocimos a Dios por medio de un río (en mi caso fue un lago).
Solo faltaba un apellido, tomando ejemplo de aquellos grandes personajes que, bajo el amparo de Dios y su Iglesia, queriendo vivir de mayor forma la espiritualidad y vida Católica, se pusieron de apellido algún momento de la vida de Nuestro Señor, o se impusieron la forma de vida de algún santo, yo me puse bajo la custodia de la Santa Cruz, quedando mi nombre como Pedro Cristóbal de la Cruz.
Queda de más el decir que mientras estuve en el Seminario Menor se me administraron todos los Sacramentos necesarios para mi estado, porque ni siquiera sabía si era católico antes de salir del lago.
Pasaron diez años de estudio y fui ordenado Sacerdote, asistiendo al Padre rector, en quien reconocí el cariño de un papá y de un amigo, dos años más estuvo el Padre Amancio con nosotros hasta que fue llamado a la presencia de Nuestro Señor, fue una gran perdida de ser humano, de Sacerdote y maestro. Tuve la gracia y la dicha de asistirlo en sus últimos momentos y poder cerrar sus ojos. El nuevo rector, el Padre Andrés, a quién también le tengo gran aprecio, me postuló ante el señor Obispo para ayudar a un anciano Sacerdote que se encuentra en el país vecino, cuya parroquia se encuentra en los limites de la Diócesis. Un padre Raymundo al que, por falta de vocaciones, no han podido prestar ayuda hasta ahora y que vive en la cima de la vieja montaña, en una pequeña comunidad rural, pero muy fervorosa.
Dentro de mi maleta llevo los últimos restos de mi vida pasada, las fotografías de un militar apuesto y una señora de dulce mirar, mi viejo uniforme y ese cuadernillo donde solo se puede leer "Emilio"
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