Ofrenda (dedicado a EMH)
En los últimos días de octubre,
al llegar la tibia y ventosa tarde,
cuál extraño sortilegio perfumado
que lleva dentro de la brisa del aire,
cuál majestuoso tesoro festivo,
que, al abrirse en medio del júbilo y la alegría,
la luz y el brillo de sus joyas
iluminan, con cándido esplendor,
las paredes del aposento aquél
donde se guardan los majestuosos ornamentos del palacio;
así embalsamado los deliciosos perfumes del incienso,
la mirra, el copál y demás resinas que se queman
en aquellos pequeños anafres del mercado.
Juno a ellos el aroma de la mandarina,
la naranja y demás cítricos,
cuya acidez deleita olfatos y paladares.
Frutas de temporada que alegran las mesas
y los corazones que esperan a los muertos
en su larga, pesada y lenta marcha,
Pero más que jubilosa, alegre y risueña
por la vuelta al mundo, para deleitarse
y hartarse con dulces y manjares,
a sacarse con licores y bebidas,
llevarse la esencia de la ofrenda
y ver de nuevo a sus seres queridos.
Aquellos muertos que traen el frío
que se ha de ir hasta marzo,
que vienen con el viento y la helada,
aquellos muertos que no quieren irse
y desean permanecer con sus deudos.
¡Oh, dulces aromas,
que atraen a lo muertos!
Delicia festiva que enamora el olfato,
día de muertos,
día de los muertos.
~Hans Speer
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